Asalto, carrera y tropezón

Hice los cinco minutos de caminata que hay de la puerta de mi casa al andén del metro Peñón Viejo, para encontrarme con una amiga que, aunque vivimos a unas pocas calles de distancia, no veía desde hace casi un año. Entramos al vagón y emprendimos viaje hacia Pantitlán, donde ella tomaría la línea café y yo la amarilla.

Bajando de la serpiente subterránea naranja en Pantitlán, sentí que alguien me manoseó a la altura de la cintura. Volteé a ver y le grité “¿qué me andas agarrando?”, y echó a correr. Tenté mis bolsas y me di cuenta que mi celular había desaparecido; corrí como cuando escuchaba el disparo seco de la pistola de aire para los cien metros planos. En la parte que conecta las cuatro líneas que convergen en esta estación lo alcancé y lo derribé. En el suelo, de la manera más amable y con unas palabras que hubiera envidiado Sir Laurence Olivier, le solicité devolviera mi teléfono. Su respuesta no fue la que esperaba, pues estaba preparado para algunas maldiciones o que en cualquier momento sacara algún arma (lo que no pensé en el momento en que eché a correr a por él), pero no para que chiflara. Resultó ser de esa especie endémica del metro de la Ciudad de México: un vagonero.
A la cita de nuestro enredo por los suelos llegaron alrededor de 15 mujeres y hombres con bolsas llenas de golosinas y snacks, y mochilas con bocinas… y también dos policías. Mi amiga llegó unos segundos después, un poco sofocada. Pasó una media hora en lo que se discutía si era o no mío el teléfono en disputa, incluso hubo que hacer una llamada desde el teléfono de mi amiga para corroborar que no estaba mintiendo, porque llegó un momento en que en los ojos del ladrón y sus amigos, yo era el asaltante. En fin, tras más una hora entre disputa y varios intentos de agredirme a mí y a mi acompañante nos dejaron ir, y recuperé mi teléfono, no sin recibir una amenaza: “la próxima que te vea te quito hasta los tenis, güerito”, lo cual supuse era contra alguien más, porque yo no estoy ‘güerito’.

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Cuando llegué a la escuela a contar mi historia, recibí comentarios variados. Hubo quien creyó que solo fue una excusa para faltar a la primera clase (aunque llegué a entregar mi tarea al final), quien me dijo que “me vale verga la vida”, quien me pidió más prudencia, otros que alabaron mi ‘valentía’, y los que me pidieron no pasar por Pantitlán de nuevo en un rato, y que acompañaron la frase con el clásico “lo bueno es que estás bien”. No puedo aceptar lo último.

Tengo que decir que no corrí tras el discípulo de Hermes por el teléfono celular. Es sólo una chingadera electrónica, que sí, me costó, pero no es como que no pueda vivir sin él. Corrí por impulso y por coraje. Ciertamente no pensé que a diario muere gente por a veces no querer entregar sus iPhones, tablets, audífonos y demás. Pero ¿por qué tengo que agradecer que a fin de cuentas “estoy bien”? No podemos resignarnos a eso, ni a los asaltos, ni a la corrupción –porque al vagonero que quiso hurtarme lo dejaron ir sin más-, ni a nada de esto solo porque es un asunto común. Sí. Estoy bien. Gracias por preocuparse a los que lo hicieron, pero no es algo que hay que agradecer al fin de día. Lo más culero termina siendo que esto solo fue un día más en la CDMX.

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