Mi (otra) primera cita

Es horrible esto de tener citas. Llegué a un café lleno de parejitas que se miran muy de cerca y sonríen mientras se dicen apodos de dulces y animales en diminutivo. Como siempre, gracias a una costumbre muy arraigada sin querer, llegué temprano la insoportable cantidad de 15 minutos. Esperaba que ella llegara, aunque también quería de alguna manera recibir un mensaje en cualquier momento que dijera “lo siento, surgió algo. No podré ir”, pero en el tiempo en que esperé no vibró ni una sola vez mi teléfono.

Para mi suerte acababa de comprar dos números de un manga que llevo leyendo durante un tiempo, entonces pude evitar ver a todas esas parejitas nuevas y a las viejas que se la pasan peleando entre tragos de bebidas calientes. Tras unos 37 minutos de espera después de la hora acordada (por eso es insoportable llegar 15 minutos antes) llegó apurada, un poco corriendo, con la prisa y el ansia en la mirada. Se sentó, me saludó y le aventé un chiste a forma de queja por dejarme esperando casi una hora. Es horrible esto de tener citas.

Okey, me hace falta el contexto: acababa de terminar una relación de casi cuatro años. La separación fue tormentosa, dolorosa, difícil. Fue como parir por cesárea sin anestesia y sin estar embarazado (?). Recuerdo que durante mucho tiempo me dijo que no quería dejarme porque no tenía intenciones de volver a pasar por ese proceso de conocer a alguien para después terminar de decepcionarse con el tiempo. No le creía, pero tenía razón. Durante un tiempo evité salir con quien sea, pero esa vez acepté por solamente llevar la contra y demostrarle (aunque no se enterase) que se equivocaba.

Lo peor que puede pasar cuando tomas un café es que se te haga tarde para regresar a casa porque mientras platicas te das cuenta que a los dos le gusta una película ridícula de Jonah Hill y Michael Cera, que ambos tienen un amigo que podría ser McLovin y que creen que García Márquez está tan sobrevalorado como el Chicharito (aunque eso yo lo dije por quedar bien porque el Chicharito es un dios del balón). En el mejor de los casos volverán a verse dos veces más antes de que uno de los dos decida que en realidad las tazas de café eran más grandes de lo necesario entre sus pláticas. En el peor de los casos, entre cada vez que pruebas la amarga bebida escucharás monosílabos mientras alguno revisa el reloj y pregunta cosas sobre el clima.

No fue una gran cita. Me divertí, pude hacer chistes y hacer reír a alguien (que seguramente lo hizo por la misma razón que yo no defendí a mi Chicharito). Al final de todo no se me hizo tarde. Fumé medio cigarrillo antes de entrar al metro y borrar su número; pasó un tiempo antes de darme cuenta lo difícil que es conocer a alguien y que no bastan cafés por toda la ciudad, funciones de cine, ni conciertos, o cuatro años de vida para ello. Conocer es reconocerse.

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