Entre la sangre y el sonido

Hace un poco (el 3 de junio) mi padre cumplió cincuenta años. En su familia es ‘costumbre’ celebrar de manera estrafalaria cada que uno de los hermanos de mi papá llega a esa edad. De manera impostergable le llegó el turno a él y se dedicaron a organizar un pachangón de aquellos, de esos donde hasta llega el primo del tío del hermano del sobrino de la tía abuela. La lista de invitados sobrepasó mi imaginación (sobre todo porque pensaban festejarlo en mi casa, que si bien es grande no es un salón de fiestas).

Entre que llegaban todos me aburría dándole tragos a una cerveza que agarré por desición propia pero que terminé en más de una hora y media. Saludaba gente que no veía en años y otros que francamente no conocía. Platicaba con mis primos, dentro de los cuáles tengo la fama de ser ese que los hace reír a costa de las desgracias que nos suceden a todos. Entre esa plática/standup que realizaba con ellos mi papá y unos tíos comenzaron a tocar unos sones para complacer a los invitados (el festejado entreteniendo, ¿uh?). Sin pensarlo mucho me sumé a ellos para agregar percusión a la fórmula.

La música la conocí por mi padre. De su necedad decidí aprender a tocar y de su displicencia llegué a las percusiones, que terminaron siendo lo que me hacía feliz. De su espíritu folkórico decidió que su música era lo tradicional mexicano, y de la suerte de la vida llegaron personas que nos acompañaron en el gusto de hacer vibrar los cuerpos para que hablen (con acento veracruzano, la mayoría de las veces). De su necedad, de nuevo, a los cincuenta años, antes que desesperarse por la abrumadora cantidad de invitados y la inusitada atención que recibió ese día, prefirío divertirse a su manera.

1521450_639515666089744_1835240701_n
Freddy cuando era muy obesín

Tengo que decir que no me gustan esas fiestas enormes donde el barullo te hace gritarle a alguien que está a menos de un metro. Tengo que decir que esa animadversión la saqué de mi padre. Nos gusta el silencio, y el sonido es solo justificable cuando tiene un sentido. Son muchas las veces que en el auto, o en la casa, no nos hablamos durante horas, pero esto no resulta incómodo. Apreciamos el silencio y la compañía, antes que las palabras automáticas del derrotero del buen gusto mexicano.

Mi padre no es sólo el sujeto que me trajo al mundo cuando yo no lo pedí. Es un amigo (aunque los piscólogos digan que eso no es sano) que bien aporta de su mundo al mío y acepta que yo aporte al suyo. Ser familia es poco, porque las palabras de parentezco son tan débiles que se esfuman en un documento de identidad al nacer o al morir. Tengo la fortuna de que al señor Alfredo Campos Solares y a mí no sólo nos una la sangre, sino también la música, con sus sonidos y sus silencios.

13301495_893225704132937_1367188574494805769_o
Freddy cuando era muy jovencín
Anuncios

3 comentarios en “Entre la sangre y el sonido

Comenta, dude :)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s