El Impulso Solitario

Desde pequeño fui un poco solitario.

Recuerdo que siempre he tenido ‘amigos’ a donde voy: la escuela, trabajo, equipos deportivos, etc. Entrecomillado, claro, porque no se puede decir que realmente fueron amigos. Ninguno de aquellos con los que he compartido espacio y tiempo se mantienen después de que dejamos de compartir ese espacio y ese tiempo determinado. No sé bien a qué se deba.

En 1999, durante el estreno de La Amenaza Fantasma, el regreso de Star Wars a las pantallas del cine tras la trilogía original, estaba con mi padre en una plaza comercial. Para entrar a los baños teníamos que cruzar las filas interminables que había fuera de las salas de cine, que en esos tiempos tenían “entrada general”, no como ahora que civilizadamente numeramos los asientos. Mi Yo de cinco años decidió de un momento a otro que quería caminar, entonces sin aviso lo hice y me perdí entre la multitud.

Caminé, tal vez, alrededor de 10 minutos entre pasillos con mercancías inútiles para el hogar y un local de maquinitas, donde no pude jugar porque cada ficha costaba 50 centavos y yo no tenía ni cinco, pero a juzgar por la mirada de mi padre cuando me encontró (luego de vociferar mi nombre con una fuerza desconocida para mí), me perdí como 10 años. Aquí fue cuando tomé algo de consciencia de un rasgo de mi personalidad que llamo: Impulso Solitario.

Me pasa siempre: voy caminando con un grupo de amigos, veo algo y aunque esté hablando con alguien de la nada me detengo y mi mente ya está en algo más. Esto es, entiendo, su forma más sencilla de manifestarse. Cuando llega de verdad es como a los cinco años alejándome de mi papá. A veces solo quiero caminar, lo juro. No sé cómo hacer para detenerme, realmente. Mis pies solo quieren caminar y alejarse del tumulto, hacia donde estén más cómodos.

Alguna vez, cuando mis amigos organizaron una reunión, avisé a mis padres que iría con ellos y a mis homies que no iría a su encuentro porque mi lavadora había subido a un trampolín y tenía que bajarla, o alguna de esas excusas que nunca me salen bien. De camino al metro no sabía qué hacer, pero tenía ganas de caminar. Durante todo el día vagué por calles que no conocía y me senté en bancas de parques de vez en cuando para ver el tiempo pasar (bombshell!).

De regreso sentí un vacío en el estómago, el mismo que cuando mi papá me encontró entre una máquina con The King Of Fighters y otra de carreras de moto, pero ahora ninguna mirada me estaba añorando, solo me sentía vacío. Justo como hoy, que de nuevo caminé por la alameda central durante más de cuatro horas sin mayor motivo que sólo caminar (y atrapar pokémones, pero eso fue accesorio).

Supongo que mi cuerpo intuye que el vacío se acerca, y antes que ser un hoyo negro entre la gente que quiero, prefiere perderse entre pasos, bancas atornilladas al suelo y faroles de luces diáfanas. Desde pequeño fui un tipo solitario. Desde pequeño vivo con un vacío intermitente, como mis amistades y mis relaciones con la gente a mi alrededor. Desde pequeño siento un Impulso Solitario, que curo con caminatas y un pan por la noche, que no me llena “ni el hoyo de la muela”, como diría mi abuela.

Anuncios

Comenta, dude :)

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s