Los años pesados: Dani murió. Es un hecho

Dani murió. Es un hecho.

Aunque el calendario diga que han pasado dos años, o cinco o nueve, para mí ese tiempo es como el día de ayer; como si la vida se dividiera entre una llamada de mi mamá llorando y el ahora. Igual que cuando despiertas pesadamente después de dormir en una tarde calurosa.

Recuerdo, muy precisamente, que los días inmediatos fueron tan crueles para todos, que me hizo sentir una sombra no poder llorarle y no sentir la tristeza tan absoluta como para quebrarme. Ver a todos, con sus ojos hinchados, llenos de preguntas, era más doliente que ver el rostro cenizo, sereno y guapo (porque Dani lo era), de mi primo.

No hay muchas formas de ponerlo en palabras. La verdad es que no comprendo las formas de los demás para entender su muerte, porque eso fue lo difícil: uno espera que de la noche a la mañana deje de existir un desconocido en la carretera durante un choque, o uno de esos viejos que ya nadie visita y en su funeral reciben anécdotas rancias y flores impuntuales. No esperas, por supuesto, que muera tu primo de 27 años, que a tus ojos parecía un gran prospecto de niñero (si algún día existen freddycitxs, por supuesto).

La vida es una herida absurda. Esa herida terminó para Daniel con tres choques eléctricos que le querían impedir el último respiro. Nunca sabré si eso era realmente lo que quería. La última vez que lo vi me sonrió y se burló de la cantidad de peso que habíamos perdido los dos. Sus palabras fueron muy claras y las repito cada que alguien me lo menciona: “la mejor forma de bajar de peso es enfermarse”.

Dani murió, ese es un hecho. Ya no porque lleva casi dos años hecho cenizas blancas en una urna que lo protege del Sol, una luz de la que siempre huyó porque lo hinchaba y lo ponía rosa. Ahora está muerto en un mal recuerdo, en un deforme halo que conservan en la memoria unas cuantas personas que, a pesar del tiempo, se reúnen en torno a él, sin compromiso con otro vivo y sin culpas que se expresan en redes sociales (las malditas redes sociales).

Debo confesar que no lo extraño. Ya no más. Ahora es una extensión más de mi memoria, a la que le debo muchas cosas, pero no ataduras. Menos esas que hacen algo porque “es lo que hubiera querido” él. No lo extraño, porque si lo hiciera cambiaría para mí todo lo que él fue y, eso, no es algo que él no hubiera querido, es más bien algo que yo no quiero para él.

Tengo un recuerdo: jugábamos en el patio de la casa, que siempre me ha quedado grande y ahora más. En ese entonces no había más que un auto entre todos, por lo que todo el espacio era para nosotros. Me enseñó a saltar en la bici, y para hacerlo aún mejor hicimos una rampa justo en medio con tabiques y una tabla algo húmeda, pero bastante gruesa. Me tocó a mí primero, porque siempre he sido el más emocionado y ese va por delante para ser la carne de cañón.

Me caí y me hice una herida que aún conservo a un costado de la rodilla izquierda. Antes que ayudarme, Daniel agarró su bici (de montaña, con un marco negro y de rodada 28) y saltó al lado de mí, que estaba casi llorando en el suelo. Dio una vuelta entera al patio y se puso a mi lado. No me dijo nada, solo me levantó y se puso otra vez en fila para hacerlo otra vez.

La última vez que pensé en él, lloré. Fue un llanto amargo, pero se sentía también vacío. De alguna manera intenté hacerlo, forzarlo y, por eso, le pediría perdón, porque caí en el mismo vicio que ahora me hace sentir fastidio en su recuerdo cada que conmemoramos su cumpleaños, o cada que alguien se acuerda, con razón, que murió. Sí, es algo que debemos recordar: Daniel, de hecho, murió.

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