El camino a Puerto Escondido (conocido también como Salsipuedes)

A Cassandra, que en compartir
no divide, multiplica

La vida en carretera debe ser una patada en el culo. Quiero decir, casi de manera literal. Tantas horas sentadas se sienten como la punta de una bota pateando tu trasero sudado cada que pasas uno de esos imprevistos baches que hay entre algunas casas que ofrecen sus baños a tres pesos o simplemente un silencio sin penas que solo interrumpen los motores cansados y calientes.

En particular, el camino a Puerto Escondido debe ser de las peores patadas en el culo que regalan los caminos mexicanos. Para llegar a este lugar hay que decir su nombre tres veces y comprender que, realmente, sí está escondido, pero eso es algo que no consideras la primera vez que decides tomar un auto y aventurarte a romper la estadística de menos de 10 horas de camino (que por supuesto no rompes).

La primera parte es amable. Hasta Oaxaca hay varios cerros desgajados, partidos por la mitad, que abren el camino al viento para poder llegar en la línea más recta posible. Algunos gavilanes y otras aves que presumen ser águilas por una extraña sensación de extravagancia que nos da el símbolo patrio te acompañan hasta llegar a una nueva ciudad que detiene el flujo del viento con sus semáforos y los anuncios de Internet de 50 megabytes al lado de casas de láminas y cartón (donde muy triste se oye la lluvia, dirá la tatarabuela de alguno de nosotros).

A partir de este momento, cuando ves la gasolinera con más arbustos al lado de un camino de dos carriles, es que sabes que este juego se llama “apúrate o regresa”. Algunos obtusos (entre los que me encuentro) no consideran el hecho de que esos arbustos significan, en el lenguaje de los conductores de largo kilometraje, “soy la última que verás en horas”, pero eso es algo que se aprende a la mala.

Antes de que comience el juego, hay una línea recta, como caravana, que te lleva en cortejo fúnebre rodando tu propio féretro metálico. Claro, todos vamos en esa misma dirección, a seguir la asensión de los montes que recubren todo México, pero cuando uno es primerizo en este juego cree que solo se trata de una montaña rusa que lleva de A a B en lo que dicen los mapas con GPS.

Hace tiempo, en un viaje hacia Querétaro, pasé por un pueblo que, en efecto, se llama Salsipuedes. Porque el nombre siempre dice mucho, aunque decidimos ignorarlo, salir de Salsipuedes fue un poco más tardado de lo que esperaba, pero se logró sin mayor complicación que unas cuantas maniobras (vueltas) especiales (a lo estúpido) de automovilista adiestrado.

La sorpresa, en este caso, es que Salsipuedes debería ser el camino que comienza en el primer cerro que subes al dejar el cobijo de la línea recta que te hizo abandonar Oaxaca y su zona conurvada.

De verdad, salir se convierte en casi un deporte, pero como deportes hay tantos como colores este sellama algo así como “maratón-laberinto-triple-de altura”. La emoción que dan unos cuántos kilómetros a más de 100 kilómetros por hora se hace humo de llanta cuando terminas envuelto en curvas interminables a la misma velocidad que un chilango cruza un tope a las 11 de la noche.

Ese bucle que se antoja infinito inaugura la patada en el culo que son las carreteras. Subir un cerro en vueltas interminables no es tan bello como se escucha, significa girar hacia la derecha, girar hacia la izquierda; frenar levemente, soltar el acelerador; pisarlo nuevamene, meter tercera porque bajaste demasiado la velocidad. Así, meciéndose de a poco, al tiempo que pasan las horas por las ventanas abiertas de un auto que lo quiere es estacionarse a la sombra y no hacer el trabajo de una mula cargada de leña.

Hasta la salida a Juquila todo es igual, curvas que terminan en otras curvas; pendientes con baches y trozos de llantas y cristales de los desafortunados impacientes que intentaron ganarle a la gravedad y la fuerza centrífuga, y en su intento de ganar el Salsipuedes terminaron estampados con alguna roca; también uno que otro pueblo con una secundaria y una cancha multiusos techada con los colores del gobierno en turno.

En ese pequeño descanso que ofrece la virgen Oaxaqueña hay otro aviso y es cuando vuelves a repetir hacia dentro el nombre de tu destino: “Puerto Escondido”; luego, una vez mpas, como pregunta “¿Puerto Escondido”; finalmente, como exclamación: “¡Puerto ESCONDIDO”. Con un carajo.

Cada pequeña línea recta perdura este juego del Salsipuedes. Cada gasolinera pareciera ser un respiro adecuado para huir del huachicol y acercarse a un lugar donde vuelve a haber semáforos que nadie respeta… pero Puerto Escondido sigue solamente presentándose por el apellido.

Tras otras tres horas de curvas, de más Salispuedes, y cada vez más pronunciado, algún animal de ganado o pastoreo se ríe de las luces amarillas de los automóviles que siguen cansados, abriendo la garganta para tragar gasolina. El Puerto si se asoma, será con los sonidos de las aves que cuidan la entrada en el último tramo de cerro, que cierras sus curvas con topes altísimos, para castigar más a las mulas metálicas.

La entrada a este destino turístico es más bien triste. Hay una gasolinera, una taquería y un Six, que es como un OXXO pero rojo con blanco. Pasando esa calle hay una hilera de cortinas metálicas con negocios que giran dólares y hacen pensar que tal vez era mejor idea haberse ido a ensuciar con la arena llena de mierda y orines de Acapulco.

Lo más cercano que hay para ver en este escondirijo costero es algo que se llama el Carrizalillo que (adivinen) también exige un minilaberlinto para llegar a él. Pero, para suerte de los culos pateados por la carretera, esto es solo descenso, un leve y tranquilo bajar por una escalera escondida en la esquina de una calle con un café administrado por inmigrantes italianos:

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El prólogo del Carrizalillo lo debió escribir Goethe, aunque este paraíso no estaba en las nubes, sino al nivel del mar. Terminar de bajar esas escaleras, para sentir la curvatura del mundo en las nubes que adornan la luna, es posiblemente la forma más sencilla de sentirse pequeño, consumido por las rocas que cierran la media luna de esta playa que no debe ser para más de 100 personas por las tardes y para no más de dos en la noche.

Las olas violentas que ocupan los surfistas para llegar a la orilla en la noche son invitaciones agresivas a la oscuridad turquesa que esconden las sombras en el filo de cada una de las piedras moldeadas por la espuma y la sal de tantos siglos fuera de rabillo de tantos ojos. No hay forma de no creer que esa media luna fue construida por algún capricho natural para atraer suicidas, robles tontos y gente con dolor de nalgas.

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Escapar de Salsipuedes es un deporte imposible, porque exige el regreso, a menos que Fausto decida ser Werther, pero aquí, finalmente vuelves a repetir tres veces el nombre del destino que punza debajo de la cadera y en cada una de las vértebras comprimidas por un asiento polvoso. Ya no es necesario llamarlo por Puerto y Escondido, ya solo puedes repetirte el nombre que quieras, como esperanza de que, oculto, al final de la escalinata de piedra, en la noche más azul y curva de todas, está a salvo de todo.

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